A veces me pregunto cuántas personas están «muertas en vida» en este país, no en un cementerio sino en sus hogares. No saber hacia dónde vamos ni qué nos pasa es una marca de estos tiempos. Lo que nos convirtió en seres humanos no fue el fuego ni el arado, sino la capacidad de sentir compasión; sin embargo, el poder real nos reduce a simples cuerpos, sin rastro de carácter emocional ni humanidad. Hay días en que uno se levanta con odio hacia la especie y otros en que se acuesta con la pena de sentirla irremediablemente débil. Vivimos tiempos difíciles, marcados por el miedo y el dolor, y se habla incluso de líneas de ayuda para personas en crisis con la posibilidad de cobro adicional. En su esencia, ¿desde dónde se suicide? Desde Argentina. No se retire, que lo conectan con un experto en la región; la broma no es graciosa y tampoco lo es el salario.
Hemos caído, a nivel colectivo, en la truncación de la esperanza, mientras que cada persona persigue necesidades básicas semejantes a las de cualquier país: tres comidas diarias, vestimenta, higiene, y, si es posible, cultura. Se reclama salarios justos, pensiones actualizadas, vivienda, salud y educación, y un horizonte estable para dejar como legado a las futuras generaciones. Las clases medias, las vulnerables y los jóvenes esperan un país que llegue como el colectivo bajo la marquesina, pero Argentina parece diluirse y deshilacharse ante la intemperie, incluso cuando llueve.
El contraste es grande: Brasil aparece con una actitud más optimista. Lula, percibido como símbolo de un giro social, perdió un dedo trabajando entre obreros; lo recuperó entre las capas más desprotegidas, entre médicos, universitarios y docentes, y lo exhibe con orgullo en su campaña. Ese dedo, que parecía un vacío, se iluminó como un milagro en medio de la realidad de quienes afrontan la precariedad.
No niego que a veces me sorprende la coyuntura: no me han hackeado la computadora, pero sí la cabeza. Las noticias sobre protagonistas de distintos países se acumulan de forma impredecible: Flavio Bolsonaro huyó a Estados Unidos; Trump no saluda a Lula; Luis Caputo se descompensó por la deuda (algunos dicen que fue mal de altura); y Wanda Nara no aparece en los rótulos de la agenda. Son indicios de una realidad que no da tregua.
No es viable vivir así. Recientemente, Stefano Cozza Di Carlo, presidente de River, se reunió con Christopher Landau, vicesecretario de Estado y segundo en la jerarquía tras Marco Rubio. ¿Qué hablaron exactamente? No está claro. Se comenta que pudieron haber tratado de fútbol, política o cuestiones financieras. No parece habitual un encuentro así. No afirmo que River quiera sumarse a mecanismos militares ni que vaya a adoptar una postura agresiva hacia algún país, pero sí podría interpretarse como un reflejo de las tensiones que cruzan la diplomacia y el deporte. Tal vez el Departamento de Estado esté evaluando contratar a “Lo...”




