La caja del demonio se inscribe más en un thriller con tintes sobrenaturales que en un terror puro, y gran parte de la película transcurre bajo ese tono contenible que alterna con momentos de impacto visual y sonoro. El director es Daniel Stamm, cineasta alemán afincado en California conocido por abordar historias de exorcismos, como El último exorcismo y La luz del diablo. Traspasa las fronteras del cine de género gracias a una coproducción entre Estados Unidos, Reino Unido y Canadá (estreno en 2026) y una duración de 105 minutos.
Carla Gugino interpreta a Ellen, una mujer de mediana edad que, tras la muerte de su madre, se instala en un pueblito del interior de Nueva York con fines filantrópicos y, tal vez, para escribir un libro para niños. Su reencuentro familiar llega con Winthrop (Lou Taylor Pucci), un sobrino que no veía hace años y que llega cargado de estrés postraumático, resultado de su paso por conflictos en el Medio Oriente y de una infancia difícil. A esa figura se suma una vecina intensa (Katharine Isabelle, recordada por Ginger Snaps) que toma el pulso de un vínculo triangulado sin nombre en el que nadie parece estar a salvo.
Un homicidio violento funciona como bisagra para el segundo acto: Ellen, de buen corazón pero imprudente, intenta proteger a su sobrino de la policía y de sí misma, incluso cruzando límites como ingresar clandestinamente a una escena del crimen apenas un día después del hecho y dejando huellas dactilares visibles.
A partir de ahí se activa una nueva variante del relato de posesión: una entidad sobrenatural a la que todos llaman “El hombre de Porta-Jones”, capaz de cambiar de cuerpo según la ocasión. Ellen sigue las pistas con el ímpetu de una detective improvisada, y a medida que la historia avanza lo increíble va ganando terreno en la pantalla. En el desenlace se cruzarán exorcistas modernos y un niño en silla de ruedas que podría contener la clave para detener la posesión, preparando un final que puede parecer risueño para algunos, pero que busca devolver cierto equilibrio a la vida de la tía.




